Cúspides Venezuela ( Montañismo y Fotografía) ANDINISTAS
 

Pico Aguas Blancas (4620 msnm)

Tiempo después de realizar este ascenso, descubrimos que nuestro Pico Morrón, en realidad es la cumbre máxima (sur) del Agua Blanca (4650 m.s.n.m.)

Olga Martin Argotte

Me declaro amante y aficionada del montañismo, desde enero de 2010, cuando toque la cumbre del Roraima.

En la Montaña me encontré y descubrí quien era.

Es una dicha compartir los relatos de mis experiencias en la montaña.

Pico El Morrón

La idea de Subir al Pico el Morrón surgió hace un mes cuando visitamos el Pico Pan de Azúcar, a mi particularmente me llamó la atención la forma del pico, es una pirámide de roca, que esta como sobrepuesta en la parte más elevada de la montaña. Yo me encontraba en Mérida, me había ido a pasar unos 12 días, ya habíamos visitado el Páramo del Piedras Blancas, y luego teníamos previsto ir al Pico Humboldt.

Día 1:

Luis, Diana y yo, nos reunimos en un Centro Comercial de la Ciudad de Mérida, tomamos un café y una pequeña merienda en una panadería, para luego salir rumbo al Páramo de la Culata, y ascender a la Cumbre del Pico Morrón (4620 msnm).
Llegamos a La Culata a las 10:40 am, dejamos el carro en casa de una familia conocida, muy cerca de la entrada del Parque Nacional Sierra de la Culata, caminamos hacia el Puesto de Guarda-parques “El Jarillo”. Allí nos pidieron nuestros datos para darnos el permiso respectivo. Iniciamos el recorrido y ya para este momento nos acompañaba nuestro ángel guardián designado (un perro), al cual posteriormente bautizamos como “dormilón” jeje.

Cerca de la entrada del P.N. Sierra de la Culata
Entrada del P.N. Sierra de la C

La ruta hacia el Pico el Morrón, en un inicio es la misma que se hace para subir al Pico Pan de Azúcar, hasta el primer refugio. Por lo tanto debemos pasar por el Valle del Muerto, para lo cual tomamos el desvío a la izquierda que es llamada “la pica”, que te eleva rápidamente hacia el mencionado valle, y te da una espectacular vista del Valle de La Culata. En el Valle del Muerto tomamos un pequeño descanso, el clima estaba muy bonito, había una brisa fresca, y los rayos del sol se atenuaban por las nubes que lo tapaban parcialmente de a ratos.
Luego de merendar un poco e hidratarnos, continuamos el recorrido, la ruta al llegar al Valle se visualiza sobre una gran explanada de grama, en la que descansa una que otra vaca, a medida que se va avanzando van apareciendo frailejones, que en un inicio están bastante esparcidos y luego se van aglomerando más, algunos ya estaban floreciendo, por lo que se comenzaba a ver el amarillo entre los tonos de verde blanquecino de los mismos. La pendiente se va haciendo cada vez más pronunciada y la ruta se va llenando de rocas, por las que hay que pasar con precaución, ya que se deslizan constantemente. Al final de la cuesta nos sentamos Luis, “dormilón” y yo a esperar a Diana, conversamos mientras “dormilón” dormía.

Minutos más tarde continuamos, y comenzamos a ver el primer refugio, construido de rocas y techo de zinc, notamos que de él salía humo y cuando seguimos avanzando visualizamos a un señor y a un niño de aproximadamente 6 años, que cuidaban unos 4 becerros mientras pastaban, los becerros eran bastante pequeños, me enternecieron. Al llegar al cruce de río cercano al refugio, recogimos agua, ya que no hay mas tomas de agua hasta llegar a la zona de acampada; cruzamos el río y nos desviamos un poco hacia nuestra izquierda, en esta parte del recorrido no existe un camino como tal, hay que ir abriéndose paso entre los frailejones (procurando no dañarlos, por supuesto) hasta llegar a la cresta en la que si hay un camino marcado. Nos causó mucha gracia ver los gestos de intriga del señor que se encontraba en el refugio, se estaría preguntando “¿para dónde irán?”, la mayoría de personas que pasan por ahí van al Pan de Azúcar y toman la ruta que lleva al segundo refugio. Buscamos cortar camino por lo que subimos rápidamente sin zigzaguear mucho; en la cresta el camino se vuelve plano.

El Valle y La Cascada del Duende, desde la cresta
Planicie llena de frailejones

A medida que iba avanzando por la cresta, me fui deleitando con el paisaje, a nuestra derecha una vista increíble de todo el Valle que rodea a los refugios, los tonos de verde hacían un contraste increíble con el azul del cielo, y a lo lejos veíamos la línea blanca brillante de la hermosa Cascada del Duende; y a nuestra izquierda una gran planicie llena de frailejones floreados que me invitaban a acercarme, me entraron una ganas enormes de correr entre ellos, y eso hice. Corrí y fue increíble el estado de euforia en el que entré, me provocaba abrazarlos uno a uno, darles mi amor y recibir el suyo, pero por miedo a dañarlos (dado a que son tan frágiles) solo les pase mis manos sobre sus hojas aterciopelas, me envolvió un estado de amor puro, lleno de ese aroma indescriptible del páramo; no sé cuánto tiempo pasó, pero para mí el tiempo se detuvo. Luis y Diana estaban sentados en unas rocas conversando.

Continuamos, mis ojos no dejaban de contemplar los frailejones, a mi izquierda, ya casi finalizaba la cresta y la pendiente se comenzó a elevar. Tuvimos la primera vista de la hermosa cumbre del Pico Morrón, en forma de pirámide, sobre el cielo azul.
Pasamos por un conglomerado de rocas, dispuestas de una manera bastante curiosa, había mucha armonía entre ellas, me senté sobre una, mientras trataba de descifrar el porqué y él para que de esa disposición. La respuesta certera no la sé, lo que sentí fue que esas rocas protegían la energía del lugar. Luis se sentó a mi lado y conversamos un poco de la ruta, me señaló una gran roca que sale de la montaña como una lanza en diagonal, y me comentó que debíamos pasar debajo de ella, en esta parte de la ruta no se visualiza un camino definido, hay de ir abriéndose paso hasta la planicie, que se ve al fondo que es el collado que se forma entre la cumbre del Pico Morrón y el Agua Blanca, siendo esta la zona donde se acampa. En esta parte del recorrido la tierra es muy suelta, y tiende a deslizarse mucho, por lo que hay que pisar con firmeza.

Terminamos la travesía, llegamos a la planicie, pasamos un pequeño riachuelo y encontramos una zona desprovista de vegetación en la que montamos nuestra carpa, a 4100 m.s.n.m. Es un lugar precioso, rodeado de frailejones. Teníamos mucha hambre por lo que mientras Luis y Diana montaban la carpa, yo comencé a preparar una pasta ya eran las 3:00 pm. Luego de comer me fui a dar un paseo por los alrededores del campamento, y me dirigí hacia una zona de árboles que parecían encantados, dignos de las historias de J.R.R. Tolkien, al lado de un árbol caído encontré un camino y la curiosidad me llevo a meterme en él, era muy bonito, estaba rodeado de árboles “encantados” y arbustos medianos, de esos que hay en los páramos que asemejan pinos, y tienen un olor tan fresco; hacia la derecha se escuchaba el río, quería llegar hasta él, pero la pendiente era muy pronunciada y el camino seguía recto, me senté en un tronco, a contemplar, sentía miedo porque los árboles eran muy misteriosos, como si escondieran un secreto, que no quieren que se descubra, su energía era bastante fuerte, pero me sentía segura a la vez y me quede ahí hasta que comenzó a oscurecer y regrese al campamento.
A las 7:00 pm estábamos en la carpa, listos para dormir, la verdad es que gozamos de un clima excelente durante todo el día, y nos dormimos optimistas y confiados que el día siguiente seria igual.

Día 2:

Nos despertamos con el llamado de Luis, comimos y salimos a las 7:10 a.m. hacia la cumbre del pico, “dormilón” iba con nosotros, paso toda la noche cuidándonos acurrucado frente a nuestra carpa. Primero atravesamos la planicie, recogimos agua del río, e iniciamos el ascenso zigzagueando la pendiente llena de frailejones, el día estaba muy frío, se veía el sol pero aun los rayos no llegaban hacia nosotros producto de la sombra que hacía la montaña, la cumbre estaba rodeada de una tenue neblina. A cada instante rogábamos que el sol ascendiera rápido para que calentara nuestros cuerpos.

El “picacho”, y detrás la cumbre entre la neblina
Acercándonos a la “ante-cumbre”

Llegamos a un arenal y a medida que avanzábamos se veía cada vez más cerca la roca enorme, que en realidad yo me atrevería a decir que es como un picacho que antecede a la cumbre. Al pasar el picacho, encontramos una explanada, llena de rocas gigantes, el sol se ocultaba entre las nubes que aparecieron de pronto y el viento nos azotaba, buscamos resguardo entre las rocas mientas esperábamos a Diana, merendamos, ya llevábamos una hora y media de recorrido. Continuamos; luego de unos minutos saltando entre roca y roca (¡cosa que me encanta!) llegamos a la pendiente formada por más rocas, pero en este caso pequeñas y sueltas, estas no me gustan tanto, porque se deslizan demasiado. Subimos guardando distancia uno del otro para prevenir posibles golpes por los deslizamientos de las rocas. Terminamos esta parte y hallamos una zona de rocas enormes y fijas por las que trepamos en algunos casos para evitar el arenal a nuestra izquierda, buscamos llegar a la cresta para atacar la cumbre desde allí, el viento seguía súper fuerte y el sol permanecía oculto, nos helábamos cada vez que nos deteníamos, llegamos a la base de la cumbre, que es bastante peculiar, esta formaba por una gran pirámide que se eleva sobre la parte más pronunciada de la montaña, la única forma de subirla era trepando, inicialmente me pareció un poco intimidante, pero no sentí miedo, a pesar de unos cuantos pasos “delicados”, amo la sensación de tener el precipicio a mis pies, me llene de adrenalina, y lo que deseaba era continuar. “Dormilón” llego hasta ahí, no se atrevió a trepar. En menos de lo imaginado alcanzamos la cumbre, la verdad es que me sorprendió haber llegado tan rápido, no resulto ser tan difícil como parecía.

En la Cumbre del Morrón a 4620 m

Celebramos la cumbre, disfrutamos de la vista que se abría entre la neblina, como flashes que te dejan con ganas de seguir viendo, la Sierra Nevada con sus 5 águilas vestidas de blanco, el Pan de Azúcar, el Tucaní, el Pan de Sal, el imponente Piedras Blancas a lo lejos, y las lagunas... me imaginaba volando por toda esa sierra; maravillada y embelesada con esa vista, escucho la voz de Luis “es hora de bajar”, y eso hicimos.

Me sentía feliz, la adrenalina aun circulaba por mis venas, descendimos con bastante facilidad. Cuando llegamos a la base de la cumbre, nos esperaba “dormilón” que se emocionó con nuestra llegada, y se puso a jugar en una porción de nieve que había, fue muy cómico verlo. Luego, le dije a Luis que me gustaría que hiciéramos un proyecto para subir todas esas cumbres enlazadas… él me dijo que ya lo tenía listo, que lo que necesitaba era el tiempo... entonces comencé a divagar con mi mente que estrategias podía emplear para irme al menos un par de meses a Mérida, no se me ocurrió nada viable, así que no me quedaba más que disfrutar del descenso, que es súper divertido, nos deslizamos por el arenal, llevábamos nuestras polainas, para evitar que se nos metiera la arena entre las botas .

Des-trepando de la Cumbre

La carpa se veía a lo leeeeejos como un puntito color naranja, parecía increíble todo lo que habíamos caminado, nos demoramos 3 horas en alcanzar la cumbre. Llegamos a un sitio que era como un mirador, nos detuvimos a tomar un descanso, habían enormes rocas, y una que resaltaba sobre las demás con una hermosa forma de pirámide, me llamaba mucho la atención mi vista no se quería despegar de ella, busque una roca en donde tenderme, para seguir viéndola, era una pirámide perfecta apostada sobre una roca en semicírculo, me pregunta ¿cómo llego hasta ahí?, ¿por qué no se cae?, estaba tan abstraída en mi mente que no me había percatado del sonido del riachuelo… en eso Luis me pregunta ¿vió el manantial?, me sorprendí mucho, nunca había visto un manantial, estaba por primera vez en uno!! Me levante de la roca, y me dirigí hasta la naciente del agua, es realmente algo impresionante, el agua en su origen, es una fuente de vida, que brota de las entrañas de la montaña, un regalo de la naturaleza que fluye, sin pedir nada, estaba tan emocionada que me provocaba bailar, no lo hice por vergüenza. Me volví a tender en la misma roca, ahora veía la pirámide perfecta y escuchaba el manantial, no quería moverme de ese lugar, deseaba que el momento se hiciera eterno.

 

Me fui de ahí como niña que no quiere irse del parque, llegamos al campamento recogimos, y esta vez bajamos por el camino que había “descubierto” la tarde anterior, el cual está muy bien delimitado, tiene una pendiente suave, está bajo la sombra de los árboles “encantados”, y va llevando a orillas del río, que desemboca a la altura del segundo refugio, es realmente precioso, da una hermosa vista de la cumbre del Morrón.

Nos reunimos en el segundo refugio, y continuamos el descenso por el valle. Más adelante, nos conseguimos al señor que nos miraba extrañado desde el primer refugio, y nos preguntó a donde habíamos ido, jejeje pudo saciar su curiosidad, conversamos un rato con él, estaba acompañado del niño, llevaban 2 becerritos que eran demasiado bellos, y continuamos hasta llegar a la entrada del Parque Nacional, donde degustamos unos ricos pastelitos andinos, que nos ayudaron a aguantar el hambre hasta la pizzería.
Una vez más reconfortada y agradecida por la oportunidad que me brinda la vida de disfrutar esos momentos, me sentí dichosa y bendecida.

 

Desde el Campamento
Lugareños, cerca del primer refugio
El descenso por el bosque “encantado”
 

VIDEO Pico el Morrón (4620 msnm)

 

 
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